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Fuente: El Nacional

ALFONSO MONASTERIOS

Fin de mundo, por Carlos González

A mis 6 años vivía en el barrio Las Torres de Los Mecedores en una casa de tres pisos. En la planta baja funcionaba una pequeña bodega en la cual me encontraba cuando el ruido que salía del suelo se combinó con leves movimientos de los estantes donde estaban colocados enlatados y demás mercancías (hasta salmón en lata recuerdo) que se vendían. Cuando el ruido y el movimiento aumentaron en intensidad mi hermana y un amigo corrieron a la calle y me quedé solo; el movimiento no me permitía avanzar la distancia de dos metros que me separaban de la calle. Tambaleando llegué a la puerta de la bodega y sentí que una mano desde fuera me agarró y lanzó a la calle. Cuando logré ponerme en pie ya había pasado el primer temblor. Lo anecdótico es el recuerdo de un hombre que se arrodilló frente a mí y con sus manos unidas frente a su pecho y viendo el oscuro cielo gritó “Fin de mundo”.

ALFONSO MONASTERIOS

Los tres mosqueteros, por Sylvia García 

Tenía cinco años de edad para la fecha. Estaba acompañando a mi hermana mayor, de 15 años, que como toda adolescente se probaba ropa en su cuarto. Comenzó a temblar y mi papá nos ordenó, como medida de seguridad, quedarnos debajo del marco de la puerta, pues, según él, era sitio seguro. Mi mamá alardeó toda la vida, de tres figuras de cristal de los legendarios Tres Mosqueteros, que siempre reposaban en la vitrina del comedor, y que yo insistía en que me dejaran jugar con ellos. ¡Ilusa yo! Pues en el temblor cayeron y se volvieron trizas, quedando solo, y para mi sorpresa, las tres caritas intactas, muy sonrientes ellas… Y yo las veía desde mi trinchera improvisada. Gracias a esto, se cumplió mi sueño de jugar con Athos, Porthos y Aramis… aunque solo fuera con sus cabecitas, y sus sonrientes caritas  de dientes muy blanquitos. ¡Qué inocentes somos cuando niños somos!

ALFONSO MONASTERIOS

El terremoto de los ricos, por Álvaro Rivas Rodríguez 

Apenas contaba con 14 años de edad y había terminado con buenas notas el segundo año de bachillerato. Ese día fuimos a ver una película en el Cine París y después a comer a la Fuente de Soda El Faisán. A las 8:00 pm regresamos a la casa y nos disponíamos a ver por Venevisión la retransmisión del concurso de Miss Universo. A los minutos un gran ruido se escuchó con un tremendo movimiento en el edifico Cocoyal en la primera avenida de Santa Eduvigis. Salimos todos corriendo hacia la calle. Al bajar nos encontramos a los vecinos en llanto, desolación y miedo. Mis amigos estaban en la cuarta avenida de Los Palos Grandes y allí había varios edificios afectados y uno destruido, el Mijagual. Esa noche la pasamos fuera de nuestras casas recibiendo con terror y miedo las noticias de los muertos en el este de Caracas. Fue el terremoto de los ricos. Gran destrucción en Los Palos Grandes, Altamira y el litoral de Caracas. Tristes recuerdos de una noche que era celebración y se transformó en muerte y desolación.

La cruz en el suelo, por Carlos Martínez Jiménez

A las 8:05 de la noche cuando me disponía tranquilamente a salir de mi casa en Sarría para una fiesta en el Teleférico del Ávila recuerdo aquel ruido sordo y vibrante bajo mis pies, que hizo salir de sus viviendas a toda la población buscando sitios despejados. Mi papá cenaba y salió despavorido, mis sobrinas, adolescentes en ese momento, de visita en casa se abrazaron de mi mamá y salieron también. Yo quedé dentro y el vaivén me impedía salir rápidamente. Al rato nos fuimos varios muchachos vecinos a pie y llegamos a la Catedral hallando la cruz que estaba en el techo de la entrada de la iglesia, en el piso, cuya caída talló su forma en el suelo exactamente a la entrada.

Atrapada entre dos neveras, por Alis Luna Parra

Mi nombre es Alis Luna Parra y tengo 64 años de edad, nací en el año 1953 y viví la experiencia del terremoto de 1967. Vivía en Caracas en el barrio Isaías Medina Angarita de Catia y yo estaba viendo por la TV al cantante Cherry Navarro, autor del disco Aleluya, cuando me sorprendió el terremoto y quede atrapada en el medio de dos refrigeradores, entre los cuales por poco muero. En ese entonces yo tenía 14 años de edad y estaba sola en la casa por lo cual no sabía qué hacer cuando en ese momento en vista de que estaba atrapada en medio de las dos neveras, retrocedí un poco y alguien me agarró y en el momento que me sacó se desplomo la viviendas de dos plantas. Recibí golpes y desgarros en la piel, pero gracias a Dios estoy viva para contar lo sucedido. Pero quedé sola, ya que la tía con la que vivía falleció a causa del terremoto. Ella trabajaba en un edificio llamado Mijagual.

ALFONSO MONASTERIOS

Regresar por un trozo de torta, por Yoreima Miranda

Tenía 4 años y vivía con mis padres y mi hermanito de 3 años en Ruperto Lugo, Catia. El día del terremoto de 1967 era sábado y estábamos en un bautizo mi mamá, mi hermano y mi abuela materna. Recuerdo que en algún momento de la tarde la casa comenzó a sacudirse fuertemente y le pregunté a mi mamá que quién había puesto la casa en una mecedora. Salimos todos a la calle pero mi abuela se devolvió a la casa a picar un pedazo de la torta del bautizo. Fuimos caminando hasta nuestra casa y la pared de la sala detrás del televisor tenía una gran grieta diagonal del techo al piso.

Ésa noche todos los vecinos de la calle (era una calle ciega) dormimos a la intemperie. Esos son mis recuerdos del terremoto de julio de 1967.

Dormir en el estacionamiento, por Morella Díaz

Vivía con mi familia y mi abuelo en los bloques de la 10 de Marzo en La Guaira. Tenía solo 4 años, pero recuerdo vívidamente el momento en que se movió la tierra, recuerdo cómo todo se estremeció y mi abuelo nos tomó de las manos a mi hermana mayor y a mi y nos bajó desde el piso 8 por la orilla de las escaleras en medio de la oscuridad. Recuerdo que cuando llegamos al estacionamiento todo era caos, la gente lloraba y pasado un tiempo llegó mi mamá con mi segunda hermana, mi mamá lloraba y le pedía a mi abuelo que no volviera al apartamento, pero el se fue. Llegó un momento en que nos acostaron, éramos un montón de personas acostadas en el estacionamiento arropadas con sabanitas blancas. Esto es un recuerdo que jamás he podido borrar de mi mente.

ALFONSO MONASTERIOS

“Hijo, no me mesas”, por Juan Carlos Boggiano 

Vivía en Valencia el día del terremoto. Mis recuerdos son pocos porque tenía 5 años de edad. Ese días estaban transmitiendo el concurso de Mis Venezuela, o alguno de belleza, mi mamá estaba en su mecedora viendo el programa, yo estaba en la nevera entrando la cocina, y la mecedora, que me quedaba de espalda, se comenzó a mover sola y mi mamá me decía “Hijo no me mesas”. Lo repitió varias veces hasta que yo le dije mamá yo estoy en la nevera, en ese momento como por arte de magia salimos a las escaleras y bajamos a la calle, donde se reunieron muchas personas. La luz fue suspendida, aunque en Valencia no se sintió como en Caracas fue un movimiento duro. Un gran susto.

Vía a Achaguas, por Víctor Daniel Solórzano

No lo sentí, apenas tenía 6 meses de edad, pero mi madre cuenta que estando sentada en una mecedora, esta comenzó a mecerse sola. Esto sucedió en la finca, en la vía hacia Achaguas, estado Apure, a 500 kilómetros de Caracas.

La fiesta más linda recordada, por Beatriz Sáez

Nací el 27 de Julio de 1966, era la primera después de una larga espera. Mi madre le costó quedar en estado y finalmente nací yo. Mi papá dice que fue la luz, que hubo celebración y “miados” por varias semanas y que recibí regalos como si fuese una princesa.

Para celebrar mi primer año cómo caía un jueves exactamente como hace 50años, mis padres decidieron bautizarme el sábado 29. Llegó familia desde el interior. Botaron la casa por la ventana. Mi madrina que trabajaba en helados Efe, instaló un carrusel para delicias de todos los niños.

Cuando comenzó a temblar yo estaba con mi nana. La cual corrió conmigo saltando un muro para llegar a la calle y salvarnos. Si bien era muy chica aún tengo sueños donde de manera confusa recuerdo el miedo del temblor y el ruido de la tierra.

Me cuentan que toda la familia se resguardó en los autos a pasar la noche por miedo a las réplicas. Afortunadamente no pasó gran cosa en la casa. Y a pesar de que la fiesta se arruino al igual que muchas áreas de nuestra bella ciudad todos pudimos tener suficiente bebida y alimentos de la fiesta más linda y recordada de toda mi familia.

Hoy en día a mis 51 años de edad las personas recuerdan mi cumpleaños por ese trágico y significativo día. Mi padre siempre me contaba de los edificios derrumbados en Los Palos Grandes como el San José, Neverí y Mijagual, donde fallecieron muchas personas.  Así fue ese día para nosotros una experiencia alegre, dulce y triste.

Todos en el Chevrolet, por Cruz María García

Tendría yo 9 años de edad cuando ocurrió el terremoto de Caracas. Ese día sábado había salido de paseo con mi papá y su esposa. Mi madre, soltera, siempre estaba trabajando. Normalmente yo salía con mi padre y su esposa los fines de semana porque él tenía carro. Recuerdo que el cielo ese día estaba particularmente rojo y nublado, o por lo menos ese es mi recuerdo. Mi madre y yo vivíamos en Maripérez, en una habitación, al final de la casa, de esas casas de antes que tenían el porche, luego la sala, el comedor, la cocina, el patio del lavar y al final estaba la habitación de mi mamá que era quien cuidaba de la anciana madre del dueño de la casa. La casa era de dos pisos. Arriba vivían el dueño de la casa con su familia (esposa y 9 hijos que son como mi familia) y abajo vivíamos mi madre, la “Maña” (ese era el mote de la viejita), mi madrina (la hija mayor) y yo. Recuerdo que mi mamá me recibió y mi papá se fue. Mi madre me preguntó si tenía hambre. De pronto, sentí como un rugido de león y, estando ya en el patio, vi cómo las paredes bailaban y se unían en una danza terrorífica. Las cuerdas de colgar la ropa saltaban y solo sentí una mano que me halaba a toda velocidad hacia la calle. Era mi madre quien corrió como un lince para salvar mi vida primero, cuando me dejó en la calle entró nuevamente y sacó a la “Maña” y cuando ya estaba afuera se puso a llorar. No se en qué momento salió el resto de los habitantes de la casa. Solo recuerdo llantos y gritos de terror, pero nada más. Al rato, llegó mi padre y su esposa, quienes vivían en la Alta Florida. Recuerdo que mi padre tenía un Chevrolet de esos grises, grandotes, y nos invitaron a entrar. Los cuatro pasamos el susto dentro de aquel enorme carro, como cualquier familia normal, pero el recuerdo de los terribles momentos vividos durarían para siempre.

Tembló la tierra, por Carlos E. Pérez

“¡Corre mamá!”, alcancé a decir al tiempo que la arrastraba por la mano. Abrí la puerta del apartamento y al salir al pasillo todo se movía en todas las direcciones. Fuimos los primeros en llegar a la calle, pese a que no estábamos más cerca. El ruido ensordecedor todavía puedo recordarlo, así como los peldaños de las escaleras en movimiento. Tenía tan solo 13 años de edad, y sin camisa, me resistía a entrar a la ducha pues en la televisión pasaban el concurso de Miss Venezuela. La reacción fue rápida, pues unos días antes había escuchado de la posibilidad de un terremoto en Caracas.

Una vez en la calle, regresé al apartamento para buscar una camisa y cerrar la puerta, allí me sorprendió una réplica, que me puso de nuevo en carrera.

Esa noche nos tocó dormir en el piso de la casa de unos primos en El Paraíso. Las noticias de muertos y edificios caídos en algunos lugares de Caracas y La Guaira aparecían por la televisión.

Todavía hoy, cincuenta años después, recuerdo el terremoto cuando paseo por la urbanización Los Palos Grandes, donde varios edificios se volvieron polvo. Tembló la tierra, y dejó en nosotros los miedos de una naturaleza impredecible.

ALFONSO MONASTERIOS

El temblor de las bestias corriendo, por Inés González

En Los Teques se sintió el terremoto. Creo que es mi primer recuerdo. Yo apenas tenía dos años y no conozco a nadie que tenga recuerdos de esa edad. Quizá fue por la gravedad del suceso que me quedó grabado a fuego. Fue un gran bullicio en la casa en construcción que habitábamos. Alguien gritó “¡Carguen a la niña!”, que era yo, y un tío gordo en efecto me alzó. Detrás de su hombro vi a través de láminas de zinc una estampida de animales calle abajo. Era la época en que aún convivían personas y animales, ya que la alimentación no estaba totalmente industrializada. En mi mente infantil, la tierra temblaba por la huída de esas bestias que corrían como asustadas o quizá en busca de algo. Años después supe que se había tratado de un terremoto y que los animales son los primeros que sienten su advenimiento. El bramar y los gritos. No recuerdo mucho más. Me dicen que esa noche todos los del barrio La Mata dormimos afuera de las casas, en la carretera. Yo, que fui destetada tarde, como a los cinco años de edad, quizá estaba plácidamente pegada a la teta de mi madre esa noche.

La réplica nos tumbó, por Noris González

Tenía yo 10 años de edad y eran las 8:00 pm. Estaba viendo el Miss Universo, había una mesa de planchar en la sala y se cayó sola. Las personas en la TV también gritaban. Cuando se cayó la transmisión  empecé a gritar buscando a mi madre y no podía caminar porque todo temblaba como olas en el piso. Vivía en Catia La Mar y en mi casa estaban construyendo el techo de la cocina, que la habían tapado con zinc para que no se mojara. Mi madre estaba allí y decía que en el techo estaban unos perros montados; inocente de lo que estaba pasando, con un palo le daba al techo para espantar los animales que según ella estaban allí. Mi hermanito tenía un año y estaba en el corral. Yo lo cargué como pude y salí corriendo como mareada, baje las escaleras hacia la calle y mi madre llorando me dijo “Es un temblor de tierra”. Mi hermana estaba sentada en una orilla de la calle y casi se va por un barranco. Se escuchaban como truenos debajo de la casa y todo vibraba, las matas iban y venían. Mi madre subió a la casa a apagar la cocina y la olla del tetero que estaba preparando a mi hermanito estaba en el piso con todo regado. Nos sentamos a esperar a mi padre que trabajaba en Maiquetía en una confitería. Él estaba contando un dinero en monedas y todas se le cayeron al piso con el temblor. Cuando estábamos sentadas hubo otra replica que nos tumbó del banco, luego empezó a llover. Una tía había pronosticado este terremoto, porque el calor era insoportable, unos días antes había temblado en Colombia y el agua del grifo salía caliente. Estuvimos varios días durmiendo en el carro y un día salimos a ver los desastres. La Mansión Charaima, en Caraballeda, quedó a la mitad, los barcos que estaban cerca del Hotel Sheraton estaban volcados y una casa se salio del suelo y quedó con las columnas afuera como raíces. Vimos cómo sacaban algunos muertos de los edificios. No quisiera volver a vivir esa pesadilla que todavía recuerdo como si fuese ayer.

http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/historias-del-1967_195767

 

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Por NANCY ZORAIDA ARRAIZ RIVERO

Para esa fecha del 29 de julio de 1967, yo tenía 6 años de edad y esa noche estaba en mi casa en los bloques de Cutira, en Catia. Hacía lo que todos los niños hacen a esa edad: jugar. Estaba con una amiguita vecina que tendría como 3 o 4 años, jugábamos a que yo era su mama y que la estaba cuidando porque estaba enfermita, pero en juego. Su mamá, mi mamá y otra vecina estaban en el pasillo conversando y muertas de la risa contando chistes. Yo fui a la cocina a buscar un plato sopero y lo llene de agua porque esa era “la sopa” que le iba a servir a mi “hijita enfermita”; cuando voy hacia el cuarto, siento que todo empieza a moverse y no me podía mantener en equilibrio, el plato con agua se me cayó y me quede viendo al techo impresionada al ver como se balanceaba la lámpara del comedor. En eso sentí a mi mamá que entró pegando gritos llamándome, me cargó como terciada en la cintura y salió corriendo conmigo gritando el nombre de mi hermana mayor que tendría 8 años. Ella estaba jugando en el pasillo del piso de abajo y estaba colgada en los huecos de la pared de las escaleras, mi mamá se la montó en la espalda y asó conmigo guindando en su cintura y mi hermana como un mono guindándole del cuello, bajó corriendo los siete pisos del edificio (no sé cómo hizo con ese peso encima), sorteando a la muchedumbre de personas que desesperados bajaban también corriendo por las escaleras. Recuerdo que por ahí en el piso 2 había un viejito, muy viejito, tirado en el piso, se había caído y nadie lo ayudaba porque la gente estaba despavorida (luego supimos que el viejito falleció, pero creo que fue por un infarto).

Una vez que estábamos a salvo abajo del edificio y a cielo abierto, yo arranqué a llorar y a temblar como una hojita (estaba aterrada oyendo a la gente gritar y llorar) y mi mamá creyendo que yo temblaba de frío, nos dejó a mi hermana y a mi bajo cuidado de una vecina, y se echó a correr escaleras arriba los siete pisos, solamente para buscarme una cobija, y unos suéteres para ella, para mí y para mi hermana. Recuerdo que cuando subió sentí miedo de no volverla a ver, y eso que yo no entendía mucho que era lo que estaba pasando, pero gracias a Dios no pasó más nada en ese ratico y mi mama llegó con todos los abrigos correspondientes.

Esa noche fue más aterradora aun porque el cielo se puso todo de color rojo, (y por eso no me gusta el rojo). De allí subimos a un cerrito pequeño que queda frente al bloque donde vivimos, hacia un sector que se llama El Caribe; allí en el borde más alto de ese cerrito había una acera y ahí nos sentamos la mayoría de las personas que vivíamos en el bloque, todos viendo hacia la fachada de nuestro edificio, y de ahí veíamos a las personas que subían y bajaban rapidito, a buscar cosas es sus casas, y sobre todo muchos subieron más que todo a cerrar las puertas de sus casas que quedaron abiertas (mi mamá también lo hizo cuando subió a buscarme la cobija). Estando allí, en El Caribe, nos empezó una nueva angustia: mi papá esa noche no estaba en la casa porque había salido con un compadre a una fiesta por Los Palos Grandes; mi mamá estaba angustiada hablando con los vecinos y después alguien con un radiecito comentó que el terremoto había hecho estragos en Altamira y Los Palos Grandes, y ahí sí mi mamá empezó a llorar. Para completar, como una media hora o una hora después hubo una réplica, que ése si lo sentimos fuerte porque estábamos en el cerrito sentadas y sentimos cómo nos batuqueba el piso fuertemente. No duró mucho tiempo, lo que sí recuerdo son los gritos nuevamente de toda la gente que aun estaban en el edificio, fue aterrador verlo y oírlo desde afuera.

Fueron horas de angustia sin saber nada de mi papá, hasta que a las 12 de la noche y estando aun sentadas en el piso del cerrito, escuchamos la voz de mi papá que dijo “Por fin las encontré” y yo literalmente sentí que había visto a Dios o algo así. Era mi papi. Nos abrazamos fuerrrrrte, mi mamá, mi papá, mi hermana y yo, y allí sentí que volví a la vida. Gracias a Dios, todos salimos vivos de esa experiencia.

Lo vivido por mi papá fue una experiencia más que traumática, pues tuvo que pasar muy cerca de los edificios que cayeron, especialmente la Mansión Charaima. Él contaba que se escuchaban los gritos de la gente dentro de los escombros del edificio, y que eso era desesperante. No me quiero ni imaginar el terror que sintió mi papá, pues él no sabía que podría haber pasado con nosotras, su mujer y sus hijas, e igual que nosotras no sabíamos que había pasado con él, pero gracias a Dios todos estábamos juntos una vez pasada la medianoche.

A mi Papa le toco venirse a pie desde Los Palos Grandes hasta Catia, con frío y con lluvia, porque de paso esa noche llovió. Finalmente, en momentos así de dificiles, la solidaridad surge de manera espontánea entre los vecinos y conocidos, y para terminar de pasar la noche (que fue bastante fría), una familia que vivía en una de las casitas de El Caribe, nos ofreció que pasáramos la noche en su casa y nos dieron colchonetas, sabanas y cobijas, para que por lo menos descansáramos y medio durmiéramos un rato hasta que amaneciera y nos atreviéramos a subir a nuestra casa para ver los daños en el apartamento.

Afortunadamente en mi hogar no hubo muchos daños, solo una pared que se agrietó completica (después hubo que tumbarla), y algunas otras pequeñas grietas en la sala, en la cocina y en el pasillo.

Esta historia la llamé “El dia que tuve uso de razón”, porque a partir del 29-7-1967 tengo recuerdos de mi vida bastante nítidos, de los días anteriores a eso, mis recuerdos son muy vagos, pero de verdad, muy vagos.

Dos recuerditos más: en la televisión recuerdo que estaban pasando El Batazo de la Suerte con el Musiú Lacavalerie, y en cuanto a los chistes que a mi mamá y sus vecinas las tenían muertas de la risa. Estaban leyendo una hojita con una fulana “Cadena del Peo”, que mi mamá guardó por muchos años (aún no sé si la tiene), y yo la llegué a leer varias veces, y de verdad que uno se desternillaba de la risa, pero a mi mamá, ya más nunca le hizo gracia esa cadena.

http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/primer-dia-que-tuve-uso-razon_195776

 

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Por JOSÉ VICENTE ANTONETTI

Ese día cayó en fin de semana y lo sé porque me encontraba en un cumpleaños en el salón de fiesta del edificio en donde vivíamos, ubicado en la urbanización Colinas de Los Ruices de Caracas. Faltaban un par de días para mi cumpleaños, que es el 1° de agosto, así que prácticamente tenía 5 años de edad. Al momento del sismo me encontraba jugando en el jardín lanzando pasas con una china que nos habían regalado en el cotillón, cuando de repente sentí el movimiento del piso y se me cayeron las pasas porque perdí el equilibrio. Me doblé para recogerlas y comencé a escuchar gritos. Me erguí y miré de dónde provenían y fue cuando observé que todo el mundo corría hacia el estacionamiento. Los adultos y los niños, pero nadie estaba pendiente de ver quién quedaba atrás sino de ponerse a salvo. Sin saber por qué la gente corría decidí seguirlos y escuché a los mayores diciendo que corriéramos lejos del edificio.

Una vez en el estacionamiento pregunté qué ocurría y una vecina me respondió que había un terremoto. No entendía qué significaba y mis padres no estaban conmigo. Uno de mis hermanos menores, había nacido en abril de ese año y se encontraba en el apartamento tomando tetero. Mi madre estaba con él y mi padre subió a buscarlos, así que abajo solo nos encontrábamos mis otros dos hermanos que vivían para la fecha y yo, aunque todos separados.

Esta vecina me preguntó por mis hermanos y mis padres y no tenía respuesta. Me dijo que me quedara con ella y me llevó al frente del edificio. No muy distante de la entrada, porque frente a la edificación hay una montaña, por lo que sólo existe el espacio de una calle de 2 canales entre el cerro y el edificio.

Allí aparecieron mis dos hermanos que estaban abajo y todos nos reunimos, sin saber de nuestros padres.

Jamás olvidaré que una vecina que vivía en el piso superior al mío, en un edificio de apenas 4 plantas, más el penthouse, se asomó al balcón y nos miraba sin la menor intención de bajar, mientras los demás le gritaban desde abajo que saliera, algo que nunca hizo. Se trataba de una chilena, acostumbrada a los sismos y para quién el movimiento no era algo de qué preocuparse…

La señora vecina que me vio y cuidó desde que corrí al estacionamiento me dijo que estábamos a salvo, porque si el edificio se derrumbaba no lo iba a hacer de lado, sino de arriba hacia abajo, así que aunque estábamos cerca, no corríamos peligro. A los pocos minutos pude ver a mis padres que venían con el menor de mis hermanos, para aquella época.

No volví a sentir más movimiento telúrico, pero por prevención no nos dejaron entrar de nuevo al edificio por algunas horas.

Se trataba de una Caracas muy distinta, en la que la California y El Marqués eran prácticamente la frontera hacia el este y allí comenzaba el barrio de Petare y concluía la autopista Francisco Fajardo.

Mi urbanización, Colinas de Los Ruices, está ubicada entre Caurimare y Macaracuay, justo detrás de Aerocav y separada de La California sur, por el río Guaire. Caracas apenas comenzaba a crecer hacia el este. El Cafetal estaba en plena construcción y Los Naranjos ni siquiera existía en planos, por citar un ejemplo.

Durante una semana los niños del edificio dormimos en los carros, mientras que sólo los adultos lo hicieron en los apartamentos. La edificación soportó el sismo sin problemas, aunque todavía hoy en día muestra la ligera cicatriz que quedó como huella permanente en algún sector del piso de mármol del salón de fiesta.

Recuerdo que mi padre nos llevó a pasear por Altamira y vi algunos edificios en ruinas. Se trataba de una imagen dura, sobre todo en una ciudad pequeña. No era la cantidad de edificios lo que impresionaba, sino escuchar a mi padre decir que había gente atrapada debajo.

El terremoto no duró tanto, pero quienes lo vivimos jamás lo olvidaremos. Ya mayor conocí a dos hijas de Páez Pumar, quienes sufrieron el movimiento estando en La Guaira y quedaron atrapadas. Sus nombres no los recuerdo, pero la mayor perdió ambas piernas y la que le sigue un brazo. Tuvieron que amputarlas para poder rescatarlas.

http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/una-chilena-desde-balcon-negaba-salir-apartamento_195784

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Por JOSÉ MARÍA JOVE

Claro que lo viví, cómo olvidarlo, era mí cumpleaños. 29 de julio de 1967, cumplía 14. Eran cerca de las 8:00 pm de un día sábado, me mecía junto a un grupo de amigos y amigas en un bello y amplio columpio blanco que disfrutábamos mucho en el parque infantil del Centre Catalá de Caracas, ubicado al final de la tercera avenida de Los Palos Grandes, sector que sería ferozmente afectado por el terremoto.

De repente, entre conversa y conversa, sentimos un rugido largo, profundo. Era el grito de la tierra que se abre, que se quiebra, un llanto grave, no calla, no calla, sigue y sigue, por más de un minuto aquel sonoro y estruendoso sonido nos manda un mensaje a nuestro cerebro: Dios mío ¿qué es esto? Se nos mueve el piso, la noche se bambolea, las estrellas bailan en desorden. Sin haberlo vivido previamente ya sabíamos que era un terremoto.

Eternos minutos, sosiego, ansiedad, miradas encontradas, se oyen gritos de padres y madres buscando sus hijos. “Todos afuera, todos afuera ” , nos decían. Reunido  con más de un centenar de personas  alrededor del único televisor que funcionaba en el momento, comencé a escuchar y a ver la tragedia natural más grande que hasta ahora he vivido.

Las noticias eran dantescas, las imágenes de edificios derrumbados prácticamente aplastados nos dejaban perplejos, llantos, gritos de desesperación, impotencia, una calamidad en vivo, no era película, era realidad, no había espacio para publicidad ni cuñas, horas y horas de trágicas informaciones.  No había valor para salir del recinto donde estábamos. Había amenazas de réplicas, algunas sucedieron.

Al día siguiente, junto con mis padres, fuimos a buscar a los abuelos que vivían en La Carlota. No habíamos sabido nada de ellos. Al llegar los encontramos sentados en unos bancos de concreto, en la calle, aún con sus piyamas puestas. Ya todos juntos volveríamos al Centre Catalá donde estuvimos refugiados por más de una semana mientras nos llenábamos de valor para regresar a nuestro apartamento que quedaba en la avenida principal de El Cementerio.

Relatar las horribles escenas de aquellos días no creo que enriquezca el contenido de este escrito. Debe haber centenas de ellas en los recortes de prensa y en los libros que nacieron en esa dura y larga tempestad.

Si quisiera resaltar y subrayar los sentimientos que emergen en su máxima expresión en esos momentos tan duros y tristes. Piense en uno cualquiera, el más extraño, y seguro ese se habrá expresado. Aquel trágico episodio nos unió como ciudadanos por un largo y tortuoso tiempo. La normalidad nos volvió a desunir.

Después de 50 años ¿qué lección hemos aprendido? ¿Es necesario otra tragedia para unirnos? ¿No tendremos una tragedia frente a nosotros que aunque no sea natural nos puede explotar en la cara? Dios nos proteja  de cualquier tragedia.

http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/una-semana-refugiado-centro-catalan_195789

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Por LUIS ALFREDO RAPOZO
29 DE JULIO DE 2017 12:31 AM | ACTUALIZADO EL 29 DE JULIO DE 2017 12:34 PM

Era yo un chipilín que no llegaba a los 7 años todavía, con mis pantalones cortos, mi franela a rayas y un corte de pelo al rape con una pollinita sobre la frente, que le encantaba a mi mamá, pero que yo detestaba en la silla del barbero. Transcurría el mes de julio del año 67, cuando Caracas celebraba su cuatricentenario. Fiestas por todas partes se anunciaban en la radio y los principales hoteles de la ciudad petrolera, presentaban grandes bailes con cantantes renombrados de la canción popular. Lo recuerdo tan claro como si hubiese sido ayer.

A mí en lo particular, me dejó un grato recuerdo el Día del Niño en ese mismo mes, cuando en el estadio universitario la Primera Dama entregaba toneladas de juguetes a una chiquillería, que parecía un ejército de niños hambrientos de alegría.

A mediados de mes se murió mi querida abuela, en medio de un aguacero inclemente, cosa que no se olvida, hasta el sol de hoy, porque en esos días cayeron tantos granizos que colapsaron la alcantarilla del patio y entonces una laguna me hizo vivir primores sobre una colchoneta flotante.

Ya cuando terminaba el mes de aniversario, específicamente el sábado 29, cuando los ciudadanos se preparaban para pasar una noche de festejos, fuimos sorprendidos por un sismo violento, que estremeció nuestro entorno, incluyendo el litoral central. La gente se lanzaba desesperada a las calles y se supo de edificios que se desplomaron como un castillo de naipes. Decenas de niños fallecieron atrapados entre los escombros y el recuento de las víctimas fue enorme: 246 cadáveres y más de 1.300 heridos.

Es imposible para mi olvidar esa trágica noche, a pesar que la pasé escuchando cuentos de los parroquianos en la calle, durante toda la madrugada, sobre dónde y cómo pasaron esos segundos del terremoto de 1967

Ya finalizaba el mes de julio y yo me encontraba jugando en mi calle a “policías y ladrones”. Realmente estaba cansado porque el área de juego era tan extensa que pasábamos horas corriendo por las calles, persiguiendo a los ladrones. En eso me encontraba cuando sentimos el terremoto, los carros estacionados saltaban como una pelota de básquet, los materos se caían de los balcones y la gente comenzó a correr y a salir de sus casas en búsqueda de un descampado.

Yo no hallaba qué hacer y opté por regresar a mi casa para encontrarme con mis hermanos.

Después que el corazón se me calmó, me senté en la calzada frente a la casa con mis tres hermanos presentes; estábamos solos, pues mi mamá tenía guardia en el Hospital Clínico y entonces, pasamos horas y horas  escuchando los cuentos que echaban los adultos sobre dónde recibieron el temblor y cómo hicieron para salir  a la calle. Todos hablaban por turnos entre mamaderas de gallo y risas nerviosas. Yo, como eran tan pequeño no pude echar mi cuento, a pesar que tenía ganas de decir que iba corriendo cuando el movimiento del pavimento me hizo volar por los aires como si fuera una mariposa, un zancudo,  una hoja seca…

Mi mami llegó después de la media noche, pues no terminó su guardia, solo para saber cómo estábamos en casa —en esos tiempos no teníamos teléfono– y entonces, lo primero que dijo “Mañana en lo que salga el sol, compramos “El Nacional” para enterarnos bien de este desastre y luego mandamos telegramas a la familia para decirles que estamos bien”.

http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/mama-nos-dijo-manana-compramos-nacional_195782

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Por Jacobo de León
29 de julio de 2017 12:01 AM

 

Yo cumplía mis 17 años de edad y me sentía ya muy hombre al poder ir a jugar billar. Me dejaban entrar desde los 16 años, siempre y cuando no consumiera alcohol. Ese sábado, como otros, salí con mi amigo Alfredito del Billar de Oro en Sabana Grande y nos íbamos de regreso a casa. Habíamos jugado desde las 2:00 pm y ya nuestro limitado presupuesto no daba para seguir jugando.

El autobús del IMTC pasaba muy cerca y lo abordamos en la esquina donde empezaba la llamada Gran Avenida. Para los muy jóvenes, la “Gran Avenida” no era ni tan gran, pero tenía muchas tiendas en sentido hacia el centro de Caracas, justo antes de llegar a la Plaza Venezuela. Hace muchos años que no pasó por ahí, así que no se qué hay allí ahora.

Lo cierto es que con tantas tiendas, por supuesto, había muchas vidrieras y justo cuando se detiene el autobús en la parada, éste comienza a mecerse extrañamente. Yo veo a mi amigo y se oye un rugido escalofriante que sale de la tierra, combinado con el ruido de las vidrieras que comienzan a quebrarse, todo esto en cuestión de segundos. ¡Nadie sabía que pasaba! Una señora que se estaba subiendo al autobús al ver tanta cosa extraña, atina a preguntarme: “Mijo, ¿qué es esto?” Y yo dentro de mi sorprendido ser, ya con el movimiento telúrico en pleno apogeo, también atino a responderle: “Señora esto es un terremoto. ¡Déjeme bajar!” Y salimos corriendo mi amigo Alfredito y yo… ¿para dónde? No lo sabíamos, pero salimos corriendo.

El autobusero no quiso seguir y el tráfico comenzó a complicarse en la Plaza Venezuela. Sonaban las alarmas de los bancos y los negocios y todo parecía en caos. Pasados ya unos minutos, decidimos usar lo que nos quedaba de dinero y tomamos un taxi. El taxista no creía en nada, decía que era un temblor nada más y que la gente exageraba y que por lo tanto él seguiría trabajando, esto, a pesar de que ya se notaba un paso inusual de ambulancias y muchas patrullas ya iban con las sirenas a todo dar… No pudimos llegar al centro de Caracas. El tránsito colapsó. Las cornisas y muros caídos preludiaban males mayores. Había una ambulancia sacando unos heridos de una casa. Decidimos bajarnos del taxi y como jóvenes llenos de energía que éramos corrimos las 10 cuadras que nos faltaban para llegar.

Todas las calles llenas de escombros y de gente que habían abandonado sus casas y apartamentos y no pensaban regresar y justo frente a nuestro edificio, todos los vecinos se alegraron de vernos. Mis hermanos y mi mamá allí estaban sanos y salvos y justo cuando los abrazaba, llega la primera réplica, todo se comienza a mover otra vez cunden los gritos de miedo y pánico, caos nuevamente y la grieta que se había formado en el medio de la calle, ya se hizo más visible y atemorizante. Siguieron réplicas más leves, pero fue un aprendizaje en vivo de lo que se siente cuando la tierra tiembla. Luego de horas afuera, apareció mi sabio papá, quien decretó que ya lo peor había pasado y que él no iba adormir en una plaza, así que como hijos obedientes nos subimos a nuestro apartamento a ver El Observador en RCTV y a enterarnos de que en efecto, había sido un terremoto lo que azotó a Caracas el 29 de julio de 1967, año cuatricentenario de su fundación. Demás está decir que el trauma me duró por varias semanas y dormía con un tubito metálico recostado en la pata de la cama, para que si temblaba, me sirviera de alarma.

 

http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/los-dias-del-billar-los-temblores_195781

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Por VÍCTOR AVILÁN
29 DE JULIO DE 2017 12:01 AM

 

Atardecer extraño, sentía un inquietante silencio. Con mis nueve años de edad intuía que algo estaba fuera de lo normal. Desde ese apartamento en el último piso de cuatro niveles, usualmente se escuchaba en el amanecer y atardecer la biodiversidad que compartíamos como vecinos con los habitantes de un centenario y frondoso jabillo en la urbanización San José del Ávila en Caracas, hoy inexistente al dar paso a la continuación de la Cota Mil hacia la avenida Baralt.

Esa tarde se sentía extraña.

Mi mamá se metió al baño para ducharse. Yo jugaba en la sala, muy cerca de la puerta del baño desde donde podía observar a mi hermano de tan solo cuatro meses de nacido, que balbuceaba desde su cuna. Mi otro hermano Joel, con cinco años acostumbraba auto mecerse en la otra cuna (aun de adulto conserva ese hábito. Siempre dije que él auto gestionaba sus necesidades. Una especie de software precargado de fábrica). Esa costumbre influenciaba a mi recién nacido hermano y lo mantenía en calma, cosa que mi mamá aprovechaba para gestionar sus otros muchos quehaceres, porque éramos seis hermanos.

Los otros jugaban distraídamente en otros lugares del apartamento.

Sentí y vi un destello, como un resplandor de flash fotográfico seguido por un sonido chisporreante. Desde donde estaba podía ver más allá del balcón. Ya había oscurecido, pero el cielo se tiñó color rojo sangre. Algo que aun no entiendo. Luego lo más aterrorizante: un rugido salvaje que provenía desde abajo, desde las entrañas de la tierra.

Mi mamá comenzó a reñirnos preguntando quién empujaba la puerta. Luego todo sucedió muy rápido, pero al mismo tiempo como en cámara lenta. La puerta del baño se desprendió por completo desde el marco. La mirada de mi mamá era de horror e incomprensión y quizás por instinto, corrió desnuda cruzando de un salto el espacio entre el baño y las habitaciones donde se encontraban mis dos hermanos más pequeños. Cargó al bebé, Jorge. Y en ese mismo instante, mientras tomaba con la otra mano a Joel, la pared completa se desmoronó y aplastó la cuna y cama donde segundos antes estaban acostados.

Todo se sacudía y agrietaba; el techo se desprendía a pedazos.

No sé a ciencia cierta cómo sucedió lo siguiente. Lo recuerdo como una película; como un observador anónimo y ajeno ante la gravedad de la situación. Mis otros tres hermanos estaban detrás de mi mamá y ella detrás de mi, aún desnuda. Trataba de abrazarlos y yo intentaba abrir la puerta de metal y madera que estaba trabada por el peso y desnivel que se estaba generando en todo el edificio. Escuchaba a lo lejos los gritos de mi mamá y mis hermanos confundidos y aterrados. Pero el atronador ruido profundo, bajo, como si la tierra se hubiese convertido en un gigantesco y hambriento animal salvaje, se anteponía a cualquier otro sonido.

Mientras forcejeaba tratando de abrir la puerta, de reojo podía ver el polvo de las paredes y techo que se desmoronaban, más allá del balcón el rojizo e intermitente cielo. Y en medio de todo, mi hermano Richard arrancando una sabana de entre los escombros para dársela a mi mamá, quien solo la agarró inconsciente de su desnudez. (Se cubrió cuando casi llegábamos a la calle)

Antes de eso, sucedieron varias cosas, algunas de ellas extraordinarias que aun me resultan increíbles y con el transcurrir del tiempo, parecen lejanas y ajenas, surgidas de una experiencia de alguien que no soy yo.

La puerta estaba trabada, los gritos, el ruido, el miedo y la incomprensión de lo que sucedía me mantenían forcejeando, intentándolo. Sorprendentemente la puerta cedió. La había abierto y la aferraba en mis manos. Pensé que se había desprendido con marco y todo como consecuencia de la rotura de las paredes…. pero no. El marco estaba aún encajado en la entrada y la puerta la había arrancado con cerradura completa, como si poseyese una fuerza descomunal. Mi mente infantil me hizo sentirme en ese momento con el poder de mi héroe favorito Superman.

(Con los años y ayuda de amigos terapeutas sin hacer terapia, pude superar ese horror y me informé que el ser humano bajo estrés y miedo, logra cosas increíbles).

Después de que logré despejar la entrada, todos corrimos escaleras abajo. Vecinos que también huían nos gritaban que tuviésemos cuidado porque el edificio se estaba cayendo.

Esa vieja estructura tenía escaleras alrededor, bordeando un centro vacío que mostraba un patio central abajo.

Este recuerdo, aún muy claro de lo que sucedió en esa huida es de cualquier viejo dibujo animado para televisión.

A medida que bajábamos corriendo, al mirar hacia atrás podía ver cómo las escaleras caían al vacío al terminar de pasarlas. El miedo a no ser lo suficientemente veloz para evitar ser alcanzado y arrastrado con ellas, me hizo gritarles a mis hermanos, que estaban adelante, y a mi mamá, que se encontraba detrás, que corrieran más rápido.

Logramos llegar a la calle. No sé cuánto tiempo había pasado, pero aún hoy parece una eternidad. La calle parecía una gelatina. La gente nos gritaba para que alejáramos del edificio y del enorme jabillo. El carro de la familia estaba estacionado en medio de la calle, en hilera con tres vehículos, alejados de estructuras altas. Muchos recuerdos de ese momento son difusos, como si estuvieran enmarcados en una bruma con una densa capa de niebla. Solo conservo retazos, y por más que me esfuerzo, no logro claridad. Solo algunas conversaciones que hacían referencia a edificios caídos o casi destruidos en la avenida Fuerzas Armadas, las Torres del Centro Simón Bolívar que casi se tocaban en el movimiento telúrico, según testigos. Las réplicas aceleraban mi corazón cuando zarandeaban el carro. Recuerdo poco de mis hermanos y ninguno de ellos recuerda algo. No he logrado rememorar qué sucedió después, ni cuándo y cómo recuperamos lo que quedó para mudarnos.

Durante muchos años, incluso de adulto, al escuchar cualquier ruido profundo, como el motor de un camión o autobús, saltaba y trataba de huir corriendo de manera totalmente irracional.

Antes que el edificio fuera demolido para dar paso a las nuevas obras de ampliación de la Cota Mil, pase por los alrededores. Fue reparado. Lo sentí tan ajeno, como si nunca hubiese habitado allí.

Siempre pensé que mi trauma de niño por ese terremoto resurgiría de manera descontrolada ante cualquier acontecimiento similar. Sin embargo, ahora la preocupación es otra después de experimentar recientemente un temblor de tierra de intensidad moderada, en el cual me lo tomé con extraña calma, casi con peligrosa insensatez para lo que debería ser una actitud de resguardo, cuidado y auto preservación.

http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/una-madre-desnuda-una-fuerza-descomunal_195787

 

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Por ERWING F. NAVAS
29 DE JULIO DE 2017 12:01 AM

 

Tenía yo ocho años cuando vine por segunda vez a Caracas de vacaciones. La primera vez la pasé en un apartamento de esos que no se si quedan aún por Los Chaguaramos. Mirando desde un balcón de un primer piso hasta que llegaba mi tío que, dependiendo de las cosas, nos sacaba a pasear y ver la Caracas de luces de neón de colores… Demasiado para un niño que venía de San Felipe.

Ante la posibilidad de reencontrarme con ese ambiente, llegué a Caracas la misma noche en la cual fue el espectáculo de fuegos artificiales, que pude admirar desde el edificio Venezuela de Hoyo a Santa Rosalía. No pude evitar llorar de pena por cuánto hubiera deseado que mis padres hubieran visto tal espectáculo, mientras observaba parte de una de las torres Centro Simón Bolívar que tenía el numero “1567” en marquesina de bombillos… También era demasiado para un niño del interior.

Al día siguiente mi tío fue por mí para llevarme a su nuevo apartamento, ubicado en el Edifico El Parque, frente al Parque Miranda, que tenía una fuente de cascada con un puentecito en el lobby y un fascinante ascensor de luces que llevaba hasta su pent-house en el piso 10. La noche del 29 de Julio estaba viendo televisión mientras tía hacia la cena. Empezaba una cuña del whisky Black & White cuando, simultáneamente, la imagen comenzó a verse borrosa y mis tíos aparecieron gritando.

Pero lo más profundo que aún sacude mi ser fue aquel rugido espantoso que venía de la tierra; y el piso moviéndose en todas direcciones mientras las cosas caían de los estantes y se quebraban las de vidrio o cerámica. Tan fuerte era que una de las patas del televisor se quebró y tío y yo tratamos de sostenerlo en vano pues era muy pesado. A medida que el temblor disminuía, recuerdo un sonido similar a los truenos cuando se oían en la lejanía de la tormenta.

Bajamos a la calle por las escaleras. Recuerdo que la fuente de la entrada se había desbordado un poco, cual tsunami, y empapó la alfombra del lobby. Nos refugiamos en el carro del tío frente al edificio, rodeado de muchas personas asustadas. Mi tío volvió a buscar ropa y frazadas y así estuvimos hasta que llegaron otros tíos que también estaban de visita en Caracas (vivían en el hoy Pequiven) y decidieron regresar pues mis primos estaban solos. Decidieron llevarme con ellos pues Morón estaba muy cerca de San Felipe. A mediados de los años noventa, por razones de trabajo, volví a la zona donde está el edificio. Me senté un rato y no pude evitar llorar un poco, pues las cosas pasaron muy rápido para mí y no había quedado tiempo de llorar.

http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/terremoto-cuatricentenario-caracas_195777

 

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Por MAIRA ESCOBAR
29 DE JULIO DE 2017 12:01 AM

 

Mi abuelo advirtió pocos días antes del 29 de julio, que sucedería este terremoto, en la propia redacción de El Universal. Él era doctor en Ciencias Políticas (UCV,1928) y radiestesista, el larense Emiliano Escobar Áñez. Recuerdo que de adolescente en mi casa guardaban la página de un diario El Universal de la época, donde publicaron la carta que mi abuelo llevó, pidiendo que se advirtiera de este fenómeno que ocurriría en pocos días y del que advirtió donde sería el epicentro. El Universal publicó la carta después de sucedido el desastre, reconociendo lo preciso de la información dada por mi abuelo. En una publicación hecha por Alfredo Schael, en el portal del Museo de Transporte, hace referencia a esto. En el libro Caracas cuatricentenaria también está publicada dicha carta. Lamentablemente perdí el diario. Y no he podido conseguir el libro. Ojalá algún día pueda conseguirlo en los registros de la Biblioteca Nacional. A continuación copio la referencia de Schael:

“1. Nadie me entiende cuando como residente del municipio Chacao me quejo de que en paralelo con informaciones sobre el apoyo de tecnócratas y especialistas japoneses en cuestiones preventivas y rescate ante el riesgo sísmico, las autoridades del municipio se hacen de la vista gorda. Desde siempre, cuando montan pisos adicionales o se le añaden pegostes a las partes altas de edificaciones cuya estructura fue ejecutada bajo cálculos ante los cuales se insubordina el afán de lucro, la viveza del venezolano, la irresponsabilidad del gobierno local… Nada logra variar la conducta de los responsables, ni los infractores adquieren conciencia de que algún día podrían ser objeto de acusaciones sopesadas, ser juzgados y encerrados en lugares infernales como El Rodeo puede ser poco. Decenas de personas podrían morir aplastadas ante el derrumbe de tales añadidos, anclados por soldaduras, a la caída de la ranchificación de las platabandas o la aparición de piscinas en los techos postizos. De los pisos agregados a las torres de oficinas o residenciales frente a las grandes avenidas o calles de Chacao, una extensa zona catalogada como de alto riesgo sísmico. Lo advierte la historia de las sacudidas al Valle de Caracas.

Ángel Mancera Galleti, antiguo gerente de la Bolsa de Caracas, era nuestro anfitrión más constante en la Mansión Charaima. Cinéfilo como era don Ángel, periodista, fino caballero, generoso cual más, entendido en cuestiones de valores, honesto y buen observador, también los sábados eludía perderse la película proyectada sobre pantalla ubicada en uno de los costados del edificio vacacional situado frente a la laguna de Caraballeda. Digo también, pues Mancera salía cada tarde de su trabajo en el edificio del Banco Mercantil en la esquina de San Francisco e iba directo a alguna de las salas de cine del centro o del este. Era su rutina al volver a su casa en la calle Negrín, en La Florida. Antes de pasar al comedor, los sábados en la Mansión Charaima, veíamos juntos la película. Imposible alterar aquella fórmula de pasar las horas. Nos enriquecía a todos. Por algún motivo que desconozco, doña Blanca y Ángel no estaban en Charaima y claro que tampoco viendo la película, cuando la sacudida de la tierra encrespó el oleaje poco después de las ocho de la noche del sábado 29 de julio de 1967, marcó de muerte, sangre y dolor el espacio donde inocentes de riesgos, tantas veces nos sentamos a disfrutar del cine ofrecido por el club de propietarios de la Mansión Charaima. Parte de los tres últimos pisos del edificio, cayeron en las cabezas y cuerpos de una desprevenida audiencia mixta”.

http://www.el-nacional.com/noticias/sociedad/abuelo-predijo-terremoto_195780

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Por ELENA SILVA
Estábamos cenando mi mamá, mi hermanita, mi tía, su prometido y mi abuelita. Mi papa había ido a la boda de un compañero de trabajo… ¡Bodas y más bodas! El sábado siguiente, 5 de agosto, sería la de mi tía y me imagino, en realidad no recuerdo, que la conversación de esa noche se centraba sobre ese evento: los preparativos, los detalles, repasarían el menú una y otra vez, porque extrañamente, iba a ser de día y celebrada con un almuerzo  en mi casa. De repente mi mamá se levanta con cara de espanto y  grita “Hay que salir, hay que correr”. Acto seguido agarró a mi hermanita y se la puso sobre un lado de su  cintura y debajo del brazo,  cual bojote, y dirigiéndose a mi me pedía que la siguiera. Bajamos todos las escaleras de la casa -el área “social” no estaba en planta baja-  y luego corrimos hasta salir de la casa. Yo no sentí nada. En mi mundo, sencillamente todos habían enloquecido de repente. Atravesamos el garaje, el jardín, hasta llegar a la calle y para sorpresa mía, no solo en mi casa se habían vuelto “locos”: también todos los vecinos.Hablaban, lloraban, hasta algunos gritaban, cuando de repente sentí un movimiento debajo de mis pies. No fue grande, pero si me sorprendió y empecé a entender los “Virgen de Coromoto, ten compasión de nosotros”, que mi abuelita repetía y repetía en una especie de mantra que a lo mejor ella pensaba nos podía librar de un nuevo movimiento. No en vano ella era devota de la patrona de Venezuela y como fe de eso,  sobre la fachada de mi casa había una pintura de esa virgen. Y de repente, estando todos en la calle, empezó a llover. Y no solo llegó la lluvia, sino también mi papá. “Alabada seas Virgen de Coromoto”. Llegó blanco como un papel, cuando en realidad, era trigueño… No llegó a la boda. El terremoto lo “agarró” en una tienda de regalos, porque extrañamente, había dejado para última hora ese “detallito”. Casi nada.

Esa noche todos, nosotros y los vecinos, dormimos en los carros, cada familia como sardinas en lata. Y los carros en la calle. Nada de garajes. Qué va. ¿Y si vuelve a temblar y las casas se caen y  las paredes aplastan a los carros en los garajes? Todos tenían miedo de dormir en sus casas. Todos tenían miedo que temblara de nuevo

Al día siguiente alguien de mi familia bajó uno de los televisores a la planta baja, cerca de la puerta de la casa y empezaron a ver el noticiero en RCTV, al mediodía (¿sería El Observador Creole?). Yo solo lo vi por un momento. No pude ver más y tampoco mis padres me dejaron: pasaban las labores de rescate en el San José, en donde hoy hay una farmacia, y que para el momento del sismo había una fiesta en el “pent house” y de dentro de los escombros sacaban el cuerpo de un bebé, que cuando el socorrista  lo agarró sencillamente estaba en un ángulo de 225°: solo el “mono” sostenía las dos partes de su cuerpecito. Esa imagen fue motivo de mis pesadillas por años.

El lunes, hoy sé que era  31 de Julio, mi papá compró los periódicos de mayor circulación del país, para leer los detalles de la tragedia e increíblemente, en uno de ellos, estaba la lista de fallecidos en todas las edificaciones que se cayeron: en los últimos pisos de la Mansión Charaima, Edificio San José, Edificio Neverí, Edificio Mijagual , Edificio Palace…. “¡Helena, Jhon murió! Está en la lista de fallecidos”.  Mi papá estaba otra vez blanco. Jhon, su amigo de raíces holandesas,  nacido en Bogotá y venezolano “reencauchado”, estaba junto con su esposa y sus dos hijos (la mayor creo que de mi misma edad), en la lista de quienes habían perdido la vida en Los Palos Grandes, en el Mijagual. Vivían en el primer piso. Yo recordaba perfectamente ese apartamento en el que jugué con Mónica varias veces. El resto del día mi papá estuvo muy parco.

Pero los milagros existen y el destino también. No sé si fue el martes o el miércoles que mi papá se reintegró a su trabajo en Altamira, zona del desastre. Y tampoco sé cuál día exactamente por la puerta de la agencia bancaria entró Humberto, el hermano de Jhon, porque quería hablar con mi papá. ¡Jhon estaba vivo, al igual que Marina y los niños! “¿Cómo es eso?, pero si estaban en la lista!”.  Jhon, con su impulsividad de siempre (así como decidía irse de un momento para otro a Bogotá para visitar a su mamá, manejando), había amanecido ese sábado con ganas de estrenar la casa que había comprado en El Marqués. Y puso literalmente a Marina a dar carreras, saltos y brincos desde el amanecer y en el trascurso del día llegó con el camión de mudanza… Ahora imagino que Jhon debió hacer muchas idas y venidas entre Los Palos Grandes y El Marqués a lo largo de ese día, llevando cosas del apartamento a la casa. En el que fue el último viaje de mudanza de ese día y teniendo a su familia en la casa, en algún semáforo de la avenida  Francisco de Miranda, vio a un amigo. Lo llamó. Lo saludó. Y el amigo se montó en la ranchera de Jhon, para acompañarlo a recoger cosas en el apartamento. Llegaron al Mijagual. Jhon recogió cosas, las llevó a la camioneta y el amigo seguía en el apartamento recogiendo otras cosas, cuando la tierra rugió y tembló. Jhon se tiró al piso del estacionamiento, al lado de la camioneta y contrario al edificio y se cubrió la cabeza con sus manos. Igual, trozos de concreto le partieron la cabeza. Su amigo murió. El mantuvo hasta su muerte una cicatriz como una culebra que le recorría el cráneo. Nunca viviré en Altamira ni en Los palos Grandes. Fue mi juramento de cuando tenía 9 años.

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Por: Daniel Delgado

Yo tenía 14 años, vivía en la calle 600 de Quinta Crespo en el edificio Malave a esa hora iba con mi hermano veníamos de pasar una tarde en la piscina del hogar gallego del Paraíso, cuando oímos un fuerte fuerte rugido que salía de las profundidades de la tierra y en seguida empezó a temblar y a caerse las cosas de las tiendas enseguida empezamos a ver cayendo pedazos de concreto de los edificios y la ignorancia de nosotros en vez de correr para el estacionamiento del mercado corrimos para el edificio en esos momentos bajaban mis padres y nos dijeron que corriera para el estacionamiento del mercado, pasamos la noche allí

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*Facebook:

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*Sismos ocurridos en Venezuela en el 2011
*Medidas que se deben tomar ante un sismo
 *RECUENTO DE LOS TERREMOTOS OCURRIDOS EN VENEZUELA
 *RECORDANDO EL TERREMOTO DE CARACAS 29-07/1967
*Caracas: Vulnerables en todos los sentidos
*Universidad de Columbia hizo estudio sobre riesgos en Caracas
*TERREMOTO DE CARACAS 29-07/1967

 

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